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Breve reflexión sobre el apego

Algunas disciplinas como el yoga nos hablan de tres distracciones en el camino espiritual que nos impiden avanzar. Son la ira, el miedo, y el apego. Me gustaría escribir hoy unas líneas sobre esta última pues últimamente he estado reflexionando sobre ello.

Cuando oímos a monjes budistas o sabios ascetas diciendo que para alcanzar la felicidad hay que superar el apego, siempre pensamos en cosas materiales. Casi tod@s somos conscientes de que sentirnos excesivamente unidos a los bienes físicos nos produce dependencias innecesarias y nos crea unas necesidades irreales. Sin ser del todo conscientes nos acabamos convirtiendo en personas “enfermas” pues vivimos para obtener cosas y nos sentimos mal si no podemos obtenerlas. Y también nos volvemos inseguros si establecemos nexos muy fuertes con estos objetos externos a nosotr@s, pues cuando no los tenemos parece que seamos más vulnerables, menos atractivos, en definitiva… menos nosotros mismos (irónicamente).

Está muy bien hacer una toma de conciencia al respecto. Darse cuenta de que todo nuestro sistema capitalista está basado precisamente en esos principios: crearnos dependencias y necesidades de cosas que en realidad no nos hacen más felices. Pero os propongo ir un poco más allá. Y es que el apego no existe sólo sobre los bienes materiales, sino que hay un apego que es realmente difícil de trabajar: el apego a nosotros mismos.

Y no me refiero con ello al narcisismo, sino a la rigidez con que nos moldeamos. Para poder sobrevivir nuestro cerebro utiliza unos determinados mecanismos de defensa, entre ellos está el «control» sobre nosotros mismos, sobre lo que somos y lo que pensamos. Y eso nos convierte en ocasiones en personas rígidas, que no soportan el cambio. Un ejemplo muy claro es que hay estudios que demuestran que damos mayor credibilidad a las noticias que confirman lo que pensamos (nos las creemos sin contrastar), y que en cambio aquellas que van en contra de nuestras creencias solemos criticarlas o esforzarnos en buscar información para rebatirla.

¿Por qué? Porque aceptar que estamos equivocados, o que podemos hacer las cosas de otra manera es aterrador. Implica que podemos cambiar, que podemos evolucionar y que somos responsables de lo que ocurre en nuestras vidas (al menos en parte, pues siempre habrá una parte de sucesos que no dependerán directamente de nosotros). Si nuestro propio yo puede equivocarse y transformarse continuamente ¿qué seguridad tenemos en nuestras vidas? ¿Qué nos puede proporcionar estabilidad?

La respuesta de nuestro cerebro suele ser ese apego a nosotros mismos del que hablaba antes. Nos aferramos a unas creencias y una identidad que hemos creado en un intento inútil de ejercer control. La estabilidad la podemos alcanzar en la vida aceptando que todo cambia, que somos un ser en continua evolución en busca de respuestas, y abriendo nuestra mente precisamente a esas respuestas que sacuden nuestros cimientos y nos obligan a reconstruirnos una y otra vez. Vivir es precisamente eso: reconstruirse sin parar, reinventarse a uno mismo ante las lecciones de la vida, y sobre todo, disfrutar a cada paso del camino, abrazar esos cambios y experimentar, y así descubrir la felicidad del viaje.

Ojo que esto no quiere decir que haya que buscar el cambio continuamente, ni forzar las circunstancias. Conozco personas que están embarcadas en una búsqueda continúa de sí mismos… Pero este tema daría para otro post entero. Y es que no hay que olvidar, que al fin y al cabo todas nuestras experiencias (incluidas las que tenemos sobre nosotr@s mism@s), no dejan de ser en realidad una proyección de nuestra mente, o de lo que esta llega a interpretar. De modo que el apego podemos trabajarlo a muchos niveles: material, pero también sobre nuestros patrones mentales o nuestra concepción del «yo»… Como véis es un tema más complejo de lo que puede parecer a simple vista.

Y además no os mentiré, no es fácil trabajar el desapego, precisamente si he reflexionado estos días es porque yo misma me descubro aferrándome a mi misma en lugar de fluir hacia nuevos horizontes. Pero por suerte la mente no deja de ser un músculo, así que es cuestión de entrenarla, de dar pasitos poco a poco, y de aprender a vivir sin apego.

Así que ya sabéis, sin pausa pero sin prisa. Abrid vuestra mente, abrazad el cambio, y !disfrutad!

2 COMENTARIOS
  • Esther
    Responder

    Me ha gustado mucho tu reflexión.
    Hace tiempo que procuro trabajar el tema. Siempre lo enfocaba de manera material; me has hecho darme cuenta de lo que tengo que trabajar emocionalmente, en este momento de cambio en la vida.

    1. vetton@gmail.com
      Responder

      Me alegra que te haya ayudado a reflexionar Esther, gracias por compartirlo 🙂 P.D. Creo que precisamente a nivel emocional es cuando más cuesta dejar marchar las cosas

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